Mi viaje interior

Estoy segura de que todo lo que nos va pasando cada día nos prepara de alguna manera para lo que viene; como si cada minuto o cada hora de los días que suceden se van volviendo esenciales para el momento presente… o dicho de otra forma, el presente está hecho también de grandes instantes pasados; siempre útiles a la consciencia.

Así ha sido para mi al menos en estos últimos días. Me siento haber vuelto de un lugar sin retorno, de una especie de paraíso e infierno donde todo confluye en la más extraña de las sinfonías.  El Maestro nos ama mucho más de lo que hemos imaginado; su amor se va esparciendo poco a poco de una sútil manera entre cada uno de nosotros.

Me cuesta mucho llegar y mirarme verdaderamente.  Y comienzo así, cuidándome, protegiéndome de no se qué, y andando con cautela.

Lo primero es escucharlo, absorber sus palabras, con los oídos, y con la mente.  Después será con el cuerpo, con el corazón y al final con el alma… pero todo va llegando muy poco a poco.

Me doy cuenta de que las formas son vitales, los rituales, las notas musicales, los aromas de mar, de rosas, de sudor, de lágrimas, de esperanza y anhelo.

El círculo sagrado, me da la sensación de un espacio seguro… cada uno de nosotros representa una parte fundamental.  Si faltara alguno estaríamos incompletos. Nadie sobra y todos hacemos falta.

Ser espectador del otro, interesarse en él, ser testigo de su movimiento, acompañarlo en silencio, mirarlo en su expresión más genuina, quedarse ahí.

Gritos de dolor, danzas de alabanza, risas compartidas, encuentros inesperados, fuerza de un huracán, piruetas, unión de almas, comunión de espíritus, voces confundidas, vibraciones determinantes, manos al vuelo, cuerpos entregados, pisadas de tierra, certezas sanadoras, música celestial.

El camino hacia lo auténtico va tomando diversas formas. Abrimos los brazos, el diafragma, nos empezamos a mirar.  El temor va cediendo, nos vamos asomando a la posibilidad de confiar, soltar las maletas, una madre nos acompaña.  A cada uno de los cien que somos, nos da nuestra importancia, nos mira, nos acoge en medio del más dulce y amoroso abrazo.  Nos vamos convirtiendo en niños.

Camino con los ojos vendados, me falta el aliento, calculo mis pasos, cuanto temor me provocan las equivocaciones… la confianza me falla, y el anhelo de sentirla me toma las manos.

La fuerza me guía, dudo a cada instante, y elijo confiar, camino hacia la libertad.  Cada vez que fluyo, recibo un regalo, me siento una niña, me alegran las flores, resueno en la tierra, y mis brazos se elevan.

Soy niña, y soy madre.   Respeto, acompaño, acaricio suavemente, me divierto mientras guío, observo absorta el vuelo de mi atrevido crío, me asusta que le duela y permito que le suceda… lo abrazo, recibo caricias, le beso la punta de la nariz, descansa sobre mi hombro…

Y así transcurren las horas, los minutos y una parte de la vida.

El tiempo se detiene; recojo flores del campo, ayudo sin nombre. El anonimato no le da cabida al ego.   Las cosas más simples se vuelven sagradas.

Vamos adquirendo energía; nuestra madre nos contiene, nos llena de amor, nos nutre amorosamente. Pisamos la tierra, nos expandimos por el aire, flotamos entre saltos, gritos, y arcadas.  Caminamos con soltura, nos miramos mejor, respiramos la asertividad, aflojamos en andar, y nos damos permiso de coqutearnos, nos vamos enamorando…

La montaña es la misma, nos dice nuestro amado maestro, aunque cada quien sube de manera diferente  y anda por senderos y atajos distintos. Vamos al mismo lugar, cada uno a nuestro ritmo, a nuestro propio paso…

Caigo en la cuenta de lo que nos va dejando, él, desde su amor de hombre, con su intelecto, nos regala su recorrido en forma de dirección… y después, en un acto de amor verdadero, nos entrega, en silencio, amoroso, a los brazos  de nuestra  madre, una abundante nodriza que ha elegido para nosotros.  Ella, nos arropa  entre sus brazos, nos canta, nos acuna, y nutre  cual niños hambrientos, hasta dejarnos fortalecidos… cuanto amor hay en este acto tuyo querido maestro… que tu espíritu se eleve una y mil veces en toda la eternidad.. que las estrellas se hagan de tu luz… y que tu nombre se esparza en todos los vientos por cuantas dimensiones existan…

Con los pies acaricio la tierra, la voy pisando, me arraigo en las plantas y brotan raíces, las piernas se vuelven troncos, la fuerza viene de abajo y se adueña de mis caderas, manos al aire, sonidos emergen del vientre, mis pechos se yerguen, aho es mi escudo, y la mandíbula se mueve a su antojo en una lengua del más allá..

Pedirle a Dios, orar en su búsqueda, elevar los brazos, movimiento ondulante, rendirte con la razón, entregarte al cuerpo, danzar con el espíritu, ocupar el espacio, elevarse poco a poco, someterte a la vibración, danzar, fundirte a la gran Voluntad.

El día último siento un anhelo instalado en el fondo de mi corazón.  Ato uno a uno los nudos de mi falsedad… oro en silencio, y me sonrío, venero el instante, me fluyen las lágrimas, encuentro a mi abuelo, huelo la tierra y empiezo a viajar.

La razón se ahoga entre los sorbos, y mis sentidos empiezan a agudizarse.  Algo empieza a surgir desde muy dentro, se origina desde un lugar muy íntimo, allí donde mi alma yace, junto a la tierra, de lado de mis ancestros, en una semilla sembrada en mis adentros.. tiene el sútil matiz de un anhelo que de tan antiguo atraviesa todas las capas de la existencia… surge un movimiento, serpiente emplumada, en dirección hacia el norte al compás del rezo sagrado del marakame. Se va volviendo lentamente una voz de otros tiempos, en el idioma de los abuelos Yakima, Yana Yana Hey Yana Hey owa, Yana Yana Hey Yana hey owa…. Es dulce, suave, certera, ondulante.  El ego se asusta, manas hace su trabajo, dudo, me cuestiono con la mente, me apago de repente…

Vuelve a surgir como un ave que no puede evitar volar, Yana Yana Hey Yana Hey Owa… y esta vez danzo por dentro a medida que la voz va saliendo.. este es mi canto, mi canto del alma, el canto de mi corazón.  Se eleva y me lleva a los cielos, me reúno con Dios, mi espíritu se enaltece, me confundo con el aire, vuelo, soy el viento, mi fuerza es el fuego, y mi corazón habla una lengua de amor…

Una hermana me acompaña, canta en silencio y me transmite su fuerza, le doy las gracias, la llamo y me responde sin palabras y yo puedo escucharla resonar en mi interior.  Con Francisco sucede lo mismo, me da la bienvenida con el cariño de un abuelo a su pequeña nieta.  Hay mil lenguas, y un solo lenguaje: el amor que trasciende las palabras.

Me voy convirtiendo en una bruja de atar.  Veo a mi madre, Virginia, María… me da una fuerza azul, que no sé si yo le pedí y fue ella quien me la dio con su infinita generosidad.

No me pertenece, la llevo conmigo,  fluye a través de mí y después vuelve a la tierra. Beso a un hombre que está dormido y se despierta.  Que quede claro que no soy yo, es el amor y la fuerza sexual que sucede a través de mi.  Le canto que lo quiero en la vida, y miro como abre sus ojos y se vuelve hacia ella. Le huelo la cabeza   y huele a todos los hombres que sufren las pocas ganas de vivir.

Cuan claro me resulta mirar en el rostro de Juan a quienes creía mis enemigos.  No hay odio, ni resentimiento, solo existe el amor que a veces se confunde con sufrimiento de apegarnos a lo que por naturaleza va cambiando.   Lloro por los campos que arrasé, por la violencia inconsciente; y me rindo al dolor.

El alma tiene sus propios caminos de sanación.  De la nada, después de un rato,  hordas de placer me estremecen, placer de vivir, placer que recorre mi vientre, y sale triunfante de entre las piernas.  Orgón.

En el  viaje de  cada  alma hay una dosis de dolor, inherente a la vida, y una historia  de sufrimiento, de apegos, de resistencia, un no querer soltar.   Miro a mi alrededor con respeto profundo el camino de mis hermanos, ahí vamos todos recorriendo los aversivos senderos, abriéndonos paso, a veces tú,  a veces yo, a veces todos con ella, a veces todos unidos contra lo mismo…

Estoy al servicio, aunque en silencio, sin hacer mucho ruido.  Mila y su fuerza, mis manos en su espalda… ruta de quetzalcóatl… se desploma en el suelo.

Necesito  ir por lo que me hace falta, hacer a un lado mi orgullo…  recargarme en el otro,   cuanto trabajo me cuesta descansar … dejar de  hacer trampa con alguna parte de mi cuerpo..   siento el peso de mi control en los hombros…

No sé quien sostiene a quien… las palabras van y vienen, se estrellan contra la pared de mi mente, vuelan con el viento y se diluyen entre los abrazos…

Me enderezo, escucho tres historias al mismo tiempo,  tres contenidos coexistiendo entre sí luchando por sobrevivir. ¿Cuál es la historia real?

La realidad no es nada… todas las historias son una parte de la verdad… se van tejiendo al compás de nuestras percepciones… ¡cuanta distorsión! Mis deseos van confeccionando la historia… los mios, los de él, los de ella… cada uno con los matices de su propio contenido… todas hilvanadas entre si por el anhelo de compartir…

¿Dónde empiezan mis deseos, los del otro, y como es que se van encontrando? Concluyo que la realidad es cambiante, que la medida es que sea perceptible para más de uno…

Con razón  habemos tantos locos queriendo cambiar la realidad.  Me cuento entre ellos a los que un día tuve tanto miedo.

La verdad es otra cosa, y la encuentro en los árboles que descansan bajo el cobijo de la noche.  Mientras tanto, con mis dedos me es posible trazar figuras con las estrellas.  Mis manos se mueven divertidas con una inusual alegría.  Vuelvo a ser niña por unos eternos instantes.  Invento historias o las historias me inventan a mi, no estoy segura.  Hay un guardián caballero vestido de blanco, es un custodio de la vida, un ángel silencioso, un águila blanca que aguarda paciente.

Soy testigo de la magia del tiempo, de lo que acontece minuto a minuto en la víspera del amanecer.  Hemos transitado de la noche obscura del alma, hacia una gradual claridad que nos conduce ahora, en la más senda calma.  Los cerros siguen ahí, y por encima de ellos los colores del Padre cielo se van tornando en matices de azul, verde, amarillo, y naranja.

Soy testigo del  momento exacto donde ocurre el cambio de tono, y a la vez, es tan efímero, y yo tan pequeña, que se  diluye entre mis parpadeos, impermanente, imposible de ser sostenido entre los dedos.  Las aves hacen el anuncio, primero una, y luego todas.  Cantan con una inusitada algarabía; casi puedo oír como chismosean alborotadas.  O le rezan al Creador, o las dos cosas, no lo sé.  Los árboles escuchan, se despiertan, se giran en torno a los cerros, como si volviesen su mirada.

Y ocurre el milagro más hermoso que jamás he visto en mi vida: un nuevo amanecer, el comienzo de un nuevo día.  La posibilidad de empezar de nuevo, de volver a nacer, de empezar de cero.

Sé que nada volverá a ser como antes.  Sé que el antes no existe.  Que existe un único día y una única posibilidad en el presente.

A partir de hoy, “estaré en el mundo sin ser del mundo,” no porque lo haya pedido, ni porque así lo desee, más porque me es imposible hacer otra cosa, que someterme  desde este instante a la vida  y a la muerte, y a todo lo que ocurra a través de mí en favor y al servicio de la Gran Voluntad… tal como lo hacen los árboles, las aves, los cerros, y las estrellas del firmamento…

#soybuscadora.

gina viaje interior

Sobre el tiempo intermedio…

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En  la película Bohemian Rapsody, Freddie Mercury dijo algo que  me ha hecho eco varios días depués.   Algo así como, “no soporto los tiempos intermedios” mientras dialogaba íntimamente con aguien sobre el dolor que esto le causaba.   Me sorprendió constatar que que hasta Freddie Mercury,  Marx, Krishnamurti, Madonna o Bill Gates  lidiar con los tiempos estos entre una cosa y otra… con lo dificil que resulta saber  que hacer con nuestra existencia

Me asombra darme cuenta de lo mucho que esto resuena en mí.  La dificultad con la que algunas veces me topo al hacer frente a lo cotidiano de la vida, a los tiempos entre un acontecimiento y otro.

Hablo de los entretiempos entre el fin de semana que haré tal cosa, y la fiesta de no se quién que está por llegar. O los días entre un viaje y otro; entre una comida y otra con algun ser querido.  La víspera de las navidades, las vacaciones del siguiente puente, los cumpleaños, los festejos, las graduaciones, las bodas, las idas a los espectáculos, a los restaurantes, y demás lugares especiales.

El tiempo entre una meta y otra por cumplir.  Los días entre algún maratón, carrera o triatlón que lograr y la siguiente hazaña.

Los días entre un sueño y otro que perseguir. Desde que nacemos hasta que nos damos cuenta, con suerte para algunos; antes de llegar a viejos, vamos  tras la  próxima meta por alcanzar, el siguiente evento al que asistir, el otrora lugar por conocer, el próximo hijo que tener, el siguiente puesto laboral que escalar…

Ahhhg! Lo escribo y puedo sentir en mi cuerpo una sensación de excitación  que me recorre.   No puedo negar que esa excitación es la que me vuelve adicta a los logros.

Tomo nota de cuanto -al menos yo- me he acostumbrado a vivir de esta manera.  Esperando algo por venir, cumpliendo nuevas metas, conquistando peldaños que añadir a mi curriculum existencial.

¿Cuando aprendí a vivir así?  En qué momento de nuestra existencia quedamos atrapados entre tantas y tantas “metas” que alcanzar? ¿ A dónde quiero llegar? ¿Realmente existe un sitio en el que podré descansar?

Habrá quien a estas alturas se esté revoltoeando en la silla mientras lee estas incómodas preguntas y añadirá para sus adentros que la naturaleza del ser humano es “superarse.”

Me considero una “buscadora”, y hace poco alguien me confrontó cuestionándome que mi afanosa búsqueda era una trampa más en mi carrera por hacer y hacer… me molesté mucho, y después me tomé en serio ese comentario.

Vivimos en una cultura donde nos hemos tragado completa la idea de que lograr metas y proyectos es la mejor  manera de demostrar cuan valiosa es nuestra existencia.  Cuantos más logros, mayores metas, más admirable se vuelve nuestro andar.

Un don nadie, es algo que ninguno de nostros aspiramos a ser…

Y así, entre una meta y otra se nos va la vida.   Donde los tiempos intermedios, – volviendo a la frase que me resuena -resultan dificiles de sobrellevar.  Esos tiempos donde  parece “que no ocurre nada.”  Esos tiempos donde nos bañamos, donde nos vestimos, donde nos alimentamos en nuestro hogar a solas o de prisa parados metiéndonos la comida lo más rápido posible (porque no hay tiempo para disfrutar).  Los tiempos horrorosos del tráfico donde estamos “detenidos” por instantes que parecen eternos.  Los tiempos de espera en el banco, en la fila del súper, en el starbucks pidiendo café. Los tiempos en los que esperamos a que nuestra pareja se termine de alistar.  Los minutos fuera de la clase de algún hijo.  El tiempo de comprar comida, de cargar gasolina, de ir al baño, de lavarse lo dientes, de hacer tareas, de caminar hacia la parada del camión.  Los tiempos de insomnio, los minutos antes de levantarse de la cama, las horas de espera en el aeropuerto.

Los tiempos insoportables  que buscamos llenar con nuestro teléfono al lado. Un like, un whatssap, o una mensaje. ¡Que ocurra algo!

¿Por qué es tan difícil detenerse? Parar por unos instantes y notar que lo que vamos dejando en esta carrera es la vida, nuestra existencia, que no volverá, que se irá no importa cuanto hagamos mientras dure…

La vida va ocurriendo entre estos tiempos intermedios y las metas que nos vamos imponiendo.  Una tras otra, tiempo tras tiempo, meta tras meta.

¿Qué nos  queda? La presencia. En ella no hay metas, porque las metas pertenecen al reino del futuro.  No hay logros ni esfuerzos porque en el presente lo que es, está completo como está.

En ella, un simple baño de agua caliente sirve para notar con todos los sentidos el roce del agua en cada una de las partes del cuerpo.  En la fila del super hay gratitud por la providencia divina de ese momento, la prueba es lo que hay delante de ti.  En el tráfico existe la oportunidad única de ejercer la virtud de la  paciencia.

No hay nigún lugar a donde llegar; no existe niguna meta que cumplir.  Todo nos ha sido dado por gracia divina sin que tengamos que hacer mucho salvo darnos cuenta.

Que los tiempos intermedios se vuelvan cada vez más habitables, que las metas y los logros no empañen tus ojos a tal grado que lo cotidiano se vuelva chocante.

Que bebas cada instante a sorbos… con la consciencia de que esta taza es la única que hay…

Gina.

 

 

 

 

La presencia lo es todo…

            La vida se nos va resolviendo grandes y pequeñas situaciones que se van presentando.  Que si un dolor de alguna parte del cuerpo, y con ello la preocupación por la salud; que si trabajar suficiente para pagar las inagotables cuentas inherentes al proceso de existir.  Alimentarnos, asearnos, vestirnos, transportarnos, divertirnos y todo lo que implica cubrir estas necesidades.   Las diferencias que surgen entre con quienes nos rodeamos; los planes que elaboramos a mediano y largo plazo.  Cuidar de los hijos, de los padres cuando son mayores, y a la pareja si es que tenemos.   Perseguir los sueños, cuidar el cuerpo, atender a las amistades, leer para actualizarse,  comer sano, cultivar el espíritu y mantenerse exitoso.  Todo a la vez.

Me llega una sensación de agobio al tiempo que escribo esto.  Si, la vida es así.  Una sucesiva ronda de necesidades que requieren irse satisfaciendo.  Hay que pagar la verificación, asistir al médico, comprar seguro de gastos médicos, ahorrar para la vejez, viajar a lugares exóticos, tener éxito, hacer ejercicio, arreglar la lavadora, cocinar saludable, pagar impuestos y colegiaturas, atender la relación de pareja, cultivar amistades, darse tiempo para uno mismo, y miles de cosas más…

Y ¿cómo?  He de responder que la respuesta no ha sido fácil para mí, ni de asimilar, ni de llevar a cabo….

Tengo la opción de partir  la vida en pequeños sucesos  presentes que resultan mucho más fáciles de digerir.

¿Que significa esto?   Es el equivalente a decir que la vida se vuelve mucho más fácil de vivir, cuando la voy viviendo en pequeños pedacitos en los que la presencia es lo único que hay.

Si a mis 38 años con unos -quizá 40 años de vida por delante,- me pongo a pensar e imaginar cada uno de los aspectos de mi vida; desde la educación de mis hijos, la responsabilidad económica que ello implica, la salud de todos nosotros, su educación espiritual, los días por delante de vacaciones que me gustaría tener a su lado, los planes que tengo con mi pareja, los nietos que querría tener, etc etc… nuevamente la sensación que me llega es de agobio y angustia por el futuro.

El pasado – como llegué a esta edad, en esta circunstancia específica, donde estoy parada- no existe.  Es cierto que mi presente fue determinado por mi pasado, pero no existe más.  El pasado me sirve para evocar recuerdos, o generarme dolor o alegría, pero no es real.

Y el futuro tampoco, con todo lo pesado o esperanzador que pueda resultar.  No puedo tocar a mis nietos, ni puedo mirar el rostro de mi hijo adulto.

El presente es lo único que existe.  Y en él, me es posible habitarlo todo.  En este momento, mi vida es escribir.  Teclear cada una de las letras que van formando las palabras lo es todo. Expresarme con el poder de las oraciones se convierte en la única posibilidad de existir completamente.  No deseo estar en ninguna otra parte, ni hacer ninguna otra cosa.   Escribir y teclear es lo único y lo más importante. A ello vine a la vida.

Y aquí hago una pausa… respiro… porque caigo en la cuenta de lo que estoy diciendo…

Así, en el presente, puedo constatar que nada me falta y que estoy en el lugar indicado… y esto puede aplicarse a todo cuanto va aconteciéndonos a lo largo del día.

La presencia nos da la experiencia de habitar todo cuanto va sucediendo en y a través de nosotros y observar que todo va pasando, y que dura apenas unos instantes.

Así que, para esta servidora, convertir la vida en una sucesiva serie de pequeños instantes que son únicos e irrepetibles y además mucho más digeribles; es una de las maneras de hacerme la existencia más fácil…

Que te sirva si lo necesitas como me ha servido a mí notar que el regalo de la presencia está accesible para todos nosotros…  solo basta con notarlo.

Mira a tu alrededor ahí donde te encuentras, detente y observa tu cuerpo, tu respiración, el regalo de poder mirar a través de tus ojos estas palabras; la bendición de constatar que tu mente funciona…  y de que cualquier cosa por la que estés atravesando… no impide que estés viv@ y que en el presente puedas habitarlo y mirarlo pasar…

Habita cada instante de tu vida…

Gina

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Que nunca nadie se entere de lo que estoy sintiendo…

Yo siempre me había jactado de vivir con el corazón abierto,  así que fue necesario ir abriendo paso entre las distintas capas que encubrían, al menos en mi caso, esta idea narcisista de ser una persona con tendencia natural en el arte de amar.

Lo primero fue mirar la seducción. Esa sutil forma de convencer al otro. Seducir para atraer, seducir como una encantadora a su serpiente,    tocando una melodía suave con una  promesa de por medio.  Seducir siendo una encantadora niña indefensa,  como un dulce que puedes ir comiendo lenta y pausadamente.  Seducir siendo servicial, ofreciendo bondad a cambio de un poco de cariño.  Seducir con deseo carnal con la expectativa  de una experiencia irrepetible.  Seducir con argumentos intelectuales.  Seducir para obtener aquello que se tiene en la mira.  Seducir para ganarlo todo.  Seducción, fue siempre mi aliada y la manera inconsciente de ir abriéndome paso entre la vida.  Ni en sueños me hubiera imaginado lo que hay detrás de esta fijación.

 

El orgullo es el jinete que lleva la rienda de los caballos de la seducción.  Es el gran director de la obra, disfrazado de bondad; siempre dispuesto a ocultarse tras la exhuberante abundancia que se ofrece al mejor postor en billetes cargados de seducción.

Que nunca nadie se entere de lo que realmente estoy sintiendo. Que jamás se note que daria hasta mi vida entera por un poco de atención.  Que los dolores de mi alma permanezcan agazapados al tiempo que altivamente sonrío a todo aquel que ose acercarse a mí.

El orgullo tiene la misión de ocultar  la falsa abundancia detrás de la gran oferta seductora. Reconocerme vacía, carente de afecto, sin casi nada que dar.   Es  la decepción que genera  una envoltura extravagante y un regalo minúsculo de poca valía dentro.  Fue aterrador descubir la farsa detrás de la seducción.  El hambre de amor,  la necesidad imperiosa de atención.  El vacío, el dolor de la soledad.  El aislamiento detrás de la arrogancia; de la loca idea de no necesitar de nadie.    Lo poco que me sentía ante el espejo.

Mirarme con el corazón roto, como atravesado por un puñal. Sentirme resquebrajada, rota. Verme en ruinas, de color gris. Todavía recuerdo muy bien esa sensación y aún me produce escalofríos.  Reconocerme como una mendiga de amor.  Derrumbarme por completo, admitir mi impotencia ante la arrogancia, experimentar como me quita el aliento…

Recuerdo varias escenas de ángeles vestidos de humanos mirándome con un amor que no había conocido.  Alguien cantandome una canción de cuna, a mí,  un abrazo paternal incondicional; unos ojos llenos de lágrimas de compasión, sonrisas discretas de aprobación.  Encuentros profundos, besos dulces  reparadores, roces de piel a piel llenos de ternura.

Lentamente, con la calma que se asoma después de una tormenta arrasadora, pude darme paso entre una muerte en vida. Empecé a sentirme con los pies en la tierra, como si antes hubiera andado flotando.

Notar que hay para mí, que necesitar me vuelve real, que pedir humildemente me acerca a los demás.  Sentir que lo  doloroso  que pueda ser recibir;  no se compara con  el dolor de negarme lo que necesito.

Empezar a llenarme, poco a poco,  nutrirme, de mis ancestros, de mi gente, de los hilos de la  historia de mi vida,  de los pedazos sueltos de la existencia.

Este viaje fue como  quitarme primero todos los accesorios deslumbrantes, y notarme más pequeña, sin tanto brillo, más del mundo, mucho más real, humana, como todos, del montón.

De eso ha ido mi experiencia sobre el descubrimiento del amor.  Ha sido una demolición de un viejo paradigma, y una reparadora y constante construcción de un amor propio basado en lo real, en los límites de lo posible, en la sabiduría de la humildad, y bajo el amparo de una Voluntad mayor.

Amarme a mí misma, hacerme real…. Darme…

Recibir … porque amar también implica ceder al otro la oportunidad  de darse…

Abre tu corazón a lo real..

 

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Mi herida detrás de la búsqueda de reconocimiento.

No es fácil para mi abordar este tema. Es como si al decidirme a escribir sobre esto, cayera en la cuenta de que hoy vengo vestida con unas ropas mucho más transparentes; donde se puede ver un poco más de lo que hay dentro.  Me siento en una posición de vulnerabilidad que francamente; me incomoda un poco.

El acto de escribir sobre las cosas que siento, y que pienso, se ha ido convirtiendo, casi sin darme cuenta, en un profundo compromiso de ida y vuelta.  De ida está el ejercicio continuo de auto observación, y de vuelta la confesión como resultado del proceso sobre mi, y en general, sobre como veo la vida dese ahí.  Escribir se ha vuelto una manera de reconocerme abriéndome a la posibilidad de expresarme lo más genuinamente posible. Algo así como crear una narrativa de mi verdad.

Y es en este punto,  donde el tema del reconocimiento toca profundamente mi alma; y de ahí mi necesidad de escribir sobre ello.

El reconocimiento, se refiere, entre otras cosas, a la acción de distinguir a un sujeto o a una cosa entre las demás; es decir, se trata de un acto de distinción respecto a los otros por alguna característica particular.

Hay más:  el verbo reconocerse se refiere a “registrar algo para conocer su contenido, a confesar alguna situación o aceptar un nuevo estado de las cosas.”

Cuanta información encuentro al tiempo que escribo esta definición y no puedo evitar admirarme de verme tan reflejada en ella.  Yo creo, y lo digo para no sentirme tan sola, que todos en mayor o menor medida necesitamos ser reconocidos por los otros.   En lo que a mi concierne, siempre he querido destacar, ser reconocida como alguien especial, distinta de los demás. A lo largo de toda mi vida, ello ha sido una, necesidad – fijación – constante  mucho más de lo que me gustaría admitir.

Sé que  se originó en mi infancia, muy seguramente fomentado sin querer por mis padres, mis abuelos, mis tías y cada una de las expectativas puestas en mí al ser la hija mayor; la primera nieta, y  la única sobrina de parte de mi familia paterna.  Fui una niña mimada, halagada en exceso diría yo, por mis abuelos y mis tías, siempre orgullosos de mi por no sé que razón.

Mis padres también, a su modo, volcaron en mi sus propias esperanzas; y me asignaron el papel de niña  alegre e inquieta.  Mi madre suele contar entre orgullosa y asombrada  la historia de que yo entraba y salia corriendo como un torbellino miles y miles de veces de la casa; que desde chica  era lista  y   que daba una lata bárbara; y que casi siempre prefería estar fuera de mi hogar.  Hoy sé que una inagotable energía me ha acompañado desde pequeña, y que ha tenido  consecuencias.

Sin querer y sin darme cuenta, siempre he buscado cumplir y calzar con todas y cada una de las expectativas de aquellos a quienes amo. Especialmente, las de mi madre. Era como si no existiera diferencia entre sus sueños y los mios.   Me di cuenta por primera vez cuando el día de mi boda, el sacerdote nos pidió a Alejandro y a mi que voltéaramos para mirar a toda la gente que estaba ahí.  No pude evitar llorar, de orgullo, -pese a que todo mundo creía que era de amor- de ver en esa ceremonia la culminación de los sueños de los míos.  Esa era, mi forma de amarlos, cumpliendo al pie de la letra todo lo que habían soñado para mi. Y lo más trágico  es que en ese momento jamás hubiera dudado de que aquellos sueños eran diferentes a los mios. Ni siquiera podía distinguir mi experiencia de la satisfacción que según yo, causaba a los otros.  Lo que si puedo recordar es  que mi atención estaba centrada en la cara de satisfacción de mis padres, la de mi hermano, la de mis abuelos.  Hasta podía sentir que incluso Dios estaba ahora satisfecho conmigo. Así de soberbia me vivía.

Debo confesar que me brotan lágrimas de la cara al tiempo que tecleo.   Me convertí en la hija de una madre orgullosa, en la nieta presumible, en la prima que las más pequeñas admiraban, en la amiga más envidiable -según yo-, y en mi mejor versión de una adolescente jugando a ser mujer  dispuesta a todo con tal de formar una familia.

Lo que había en el fondo era muy distinto.  Con los años, y conforme fue pasando el tiempo, sostener ese reconocimiento se volvió insportable.  Aún con eso, traté una vez más de ajustarme a lo esperado volcándome por completo en mi ser madre.  Me tomé con exagerada seriedad la tarea de convertirme ahora, en la mejor madre del mundo. Vivía pendiente de mis hijos a un grado extremo, y me obsesionaba la idea de hacer todo cuanto fuera posible para evitar que se sintieran abandonados.  De esa manera, evitaba hacerme cargo de mi propio abandono y además, retaba en secreto a mi madre, pensando para mis adentros “Yo soy mejor que tú, te demostraré como se puede mantener una familia unida.”

Y la verdad es que llegó un momento en el que sostener mi promesa y el peso de todo el reconocimiento sobre mis hombros me cayó encima. Cumplir con esa vida, me estaba matando; pero tuve que caer hasta el fondo para darme cuenta.

Cuando me divorcié lo que más me dolió fue dejar de ser para muchos, la mujer con una vida ideal.  Escuché de varias personas muy cercanas, que la decisión que había tomado respecto a mi vida,  había hecho mella en la admiración que sentian por mi.  Hubo quienes se atrevieron a expresarme su decepción.  Me caló hasta los huesos,  me daba vergüenza admitir el sufirmiento que me causaba decepcionar a algunos.  Pero mi orgullo me permitió esconder todo ello.

Me impacta lo frágil que es nuestra vida y todo lo que creemos que tenemos incluyendo nuestros “logros” y  nuestras “relaciones”.  Nada es eterno, ni siquiera lo que sentimos.

En el camino de la consciencia   he tenido que ir desprendiendome de varias capas,  desde la más superficial, que consistía en creerme omnipotente, todopoderosa y verdaderamente especial y única por que si y por todos mis éxitos acumulados. Cuando caí en la cuenta de que todos los méritos que sin darme cuenta acumulaba; no habían vastado para reconocerme; no me quedó de otra más que mirar que debajo de ello había   una capa más profunda  y dolorosa,  que fue  mirarme en una versión infantil anhelando ser reconocida más allá de mis logros. Ser  vista y aceptada por ser quien soy.

Bajarme del falso pedestal en que me coloqué, reconocerme, y aprender a mirarme a la misma altura que los otros fue un doloroso y extraño regalo  que no esperaba.  Encontré una libertad inusitada cuando pude renunciar a la responsabilidad y el esfuerzo que conlleva ser especial, elegida.

Creí hasta ese entonces que con mirar esta parte de la historia, reconocer mis intenciones y mirar mi pasado, habia sido suficiente para dejar atrás  los efectos de esa necesidad de reconocimiento en mi vida. Pero no, este camino, es largo, azaroso y supongo que dura hasta que duramos…

Mi ego es resistente y no se da por vencido tan fácilmente; pero procuro no tomarmelo tan en serio.  Se bien que ese anhelo me acompañará hasta mi último aliento, y me concentro en mantenerlo a raya un día a la vez.  También puedo mirarme con compasión cada vez que me veo encuentro buscando de nuevo ese reconocimiento.

Lo más que he logrado es  renunciar a él conscientemente algunas veces, y otras, amarme así, sabiendo que en el fondo  aún existe una parte de mi que sigue  anhelando ser reconocida.  Lo que pasa es que las personas y las cosas  “dueñas” de este deseo van cambiando con el tiempo.

 

Me doy cuenta de como en cada encuentro, en cada relación, vuelve una y otra vez mi anhelo infantil de reconocimiento.  Aveces me observo soñando que mis hijos me reconocerán lo buena madre que he sido cuando sean adultos, que Ramón se dará cuenta un buen día de lo verdaderamente magnífica que soy.  Que mi exmarido un día reconocerá que lo amé a pesar de mi decisión de separarme de él. Que mi familia política y  las personas que no me quieren , se darán cuenta finalmente de cuan valiosa soy.  Que tendré tantos  lectores que reconozcan mi talento para escribir; que Claudio, mi amado maestro posará sus ojos en mi y me reconocerá como su mejor estudiante….  Y así… en una infinita susesión de reconocimiento tras reconocimiento.

Lo escribo y se que suena casi patético;  pero la verdad es que  detrás de ello hay sufrimiento.  Que la escritura me lleve a exorcizar un poquito más este demonio; a liberarme un poco de la cárcel que conlleva depender del reconocimiento.

La tarea que me queda por delante,  es recordar que lo más importante, quizá lo único… es reconocerme, validarme, y ello es un ejercicio de cada día.

El trabajo de auto exploración y la profundización que he hecho al respecto, también me ha ayudado a darme cuenta , que esta necesidad neurótica es tan bien un asunto existencial.  No me cabe la menor duda de que el  otro -osea todas las personas que me rodean-  existen para  traer noticias nuevas de mi…   y  con  ello  mi RE conocimiento.

Te invito a explorarte, a descubrirte y a reconocerte… te aseguro con toda honestidad que hay un hermoso regalo ahí.

 

Gina Fernández.

 

reconocimiento

Mi ser emocional

Hola de nuevo! Antes que nada, te agradezco infinitamente que te des el tiempo de echar un vistazo por este espacio.  Lo hago especialmente con la intención de que podamos comunicarnos a través de estas líneas… yo escribiendo, y tu, reflexionando en tu vida lo que comparto contigo.

Hoy deseo hablar de las emociones; este tema tan de moda, tan socorrido, y tan poco conocido para algunos de nosotros.

Primero que nada, déjame decirte que mi maestro Claudio Naranjo, a quien casi siempre evoco, por su sabiduría y por el gran amor que le tengo; habla de que los seres humanos -oséa nosotros – somos seres tri cerebrados.  Es decir, que tenemos tres cerebros: el cerebro racional, el cerebro emocional y el cerebro reptiliano o instintivo.

Así que tenemos un cerebro emocional, lo cual, valga la redundancia, nos convierte en seres emocionales.  Y ¿ qué es una emoción?   La palabra viene de moción que significa movimiento.  Me gusta describir a las emociones como  esas sensaciones internas que nos recorren todo el cuerpo ante el más inusitado de los estímulos…

Si un perro nos ladra en la calle, si la mano de nuestro amado roza la nuestra, si escuchamos una ambulancia, si alguien nos grita, si al pasar por la calle miramos alguna injusticia; si escuchamos una determinada canción… todo lo que sucede a nuestro alrededor a manera de estímulo, nos genera emociones…

Los expertos como que no se ponen muy bien de acuerdo, y existen varias clasificaciones de las emociones.  Algunos dicen que existen 6 emociones básicas, y otros aseguran que solo son 4:  el miedo, la alegría, la ira y la tristeza.   Algunos más hablan del amor como una emoción.  A mi me gusta creer que el amor es lo único; y las emociones son caminos que nos llevan a él.

Así, pues, hay quienes incluso consideran que el aburrimiento, la nostalgia, la ternura, la gratitud, la euforia, el desaliento, la confusión, la admiración, el deseo, la envidia, ente muchos otros son también estados emocionales.

Más allá de las clasificaciones, lo que es una realidad es que todos; día con día experimentamos estas emociones; y a menudo, son ellas las que conducen nuestros actos para bien y para mal. ¿Te suena familiar?

Y, ¿cuál es el problema con las emociones?  Hasta aquí parece ser que todos sabemos con certeza sobre la existencia de las emociones.

Siendo así, yo te preguntaría, ¿has notado como se siente cada una de estas en tu cuerpo? Porque me parece, y me atrevo a afirmar, que vivimos las emociones desde nuestro cerebro; no desde las tripas… que es donde suceden.

Si si! Las emociones se sienten en nuestro cuerpo, porque es ahí donde se experimentan! Te aseguro, en pleno uso de mis facultades emocionales, que la alegría que sientes cuando te compras esa blusa nueva puede en realidad ser una tristeza encubierta; y que la tristeza que te embarga algunos días puede en realidad ser un enojo mal expresado.  Lo que quiero decir, es que no estamos acostumbrados a vivir nuestras emociones, y mucho menos a expresarlas.

Vivimos en una sociedad -y ahí voy otra vez  con mi Claudio- donde se nos ha educado para ser funcionales, prácticos, eficientes y racionales.  Hemos aprendido a eliminar de nuestra consciencia las emociones “negativas” sustituyéndolas por estados emocionales de felicidad en forma de psicología del eterno entusiasmo.

Y perdón, pero a mi personalmente, esa constante represión de mi vida emocional, en aras de ajustarme a un molde de vida, casi me cuesta la cordura.

Con mucho esfuerzo, con la decisión de observarme, de ir reconociendo en mí emociones poco valoradas o encasilladas como “negativas,” como la ira, o la tristeza; fui abriendo un espacio entre mi mundo emocional y la aceptación como una parte mía.

Podría resumir esta experiencia en 3 vertientes principales:

Mis emociones no están separadas ni de mi cuerpo ni de mi mente.

Soy; en un sentido amplio, un cuerpo, una mente, y un mundo emocional.  Es decir, soy un ser integral y la suma de mis acciones.   Mi cuerpo es el vehículo a través del cual percibo el exterior en forma de emociones.   Mis emociones suceden en mi cuerpo, generan pensamientos y por último,  acciones concretas. Algo así como lo que siento, influye en lo que pienso, y posteriormente en lo que hago.   Vaya importancia ¿no?

Como lo he dicho, somos seres tri unitarios… mente, corazón e instinto-acción.   Y el gran dilema es el equilibrio entre estos tres centros.  Vivimos desintegrados; es decir, sentimos una cosa, pensamos otra y hacemos algo diferente. ¡O peor aún, ni nos enteramos de lo que sentimos, razonamos lo que hacemos y nos extrañamos del resultado!

No es posible evitar mis emociones.

No, no es posible ahorrarnos la experiencia emocional, esto equivale a inentar ahorrarnos una parte de nosotros mismos.  Y aunque parece ser que en estos tiempos estamos dispuestos a hallar la felicidad a costa de reprimir o minimizar cualquier sufrimiento; lo cierto es que tarde o temprano, la vida, a través de una crisis familiar, económica, una enfermedad, la muerte de algún ser querido o un encuentro nuestro cercano con la muerte; acabamos enfrentando nuestro mundo emocional.  Creemos que podremos ahorrarnos sufrimiento, evitando tocar con el dolor; y acabamos sufriendo más de la cuenta…

Aunque todos los individuos de distintas maneras hemos intentado arduamente evitar contactar con nuestro mundo emocional. Lo cierto es que no hemos podido.  En nuestra civilización, el  triunfo de la razón y el mundo de los argumentos nos ha hecho guardar en el más completo de los olvidos la atención a nuestro “cerebro emocional”.  Hemos inventado miles de cosas que hacer con tal de evitar sentir verdaderamente.  Nos asusta la idea de sentir, de ser vulnerables; y en el afán de protegernos; nos acabamos causando mayor sufrimiento. (y de todos modos sentimos).

 

Lo que enferma no es la emoción, sino la falta de expresión.

Y no se trata de ser valiente y  poner un límite a gritos una vez que la ira  se apodera de ti, o de atreverte a  llorar en medio de una plática para expresar tu tristeza por la muerte de algún ser querido.  Se trata de acceder a tu “hogar,” a tu mundo interior y de reconocer en tu cuerpo -tu vehículo de experiencia- que emociones son constantes en tu vida, que pensamientos asociados existen, y cómo estos te generan sufrimiento.  Si, echarse un clavado, acceder a tu sabiduría corporal, prestarte atención, escucharte, vamos conocerte.  Lo peor que puede pasar es que te des cuenta quien eres realmente.

¿Y cuál sería la ganancia de esto?   Te diré algo, las emociones son un regalo que nos fue asignado para poder experimentar (a través del cuerpo) la vida.  Sin la alegría no tendría caso una charla compartida entre amigas; o maravillarnos ante las risas auténticas de los niños.   El  valor solo puede encontrarse cuando se tiene consciencia de los miedos más profundos.    La fuerza que emana de la ira, nos permite reconocer nuestros limites. La empatía es el antídoto de la tristeza reprimida.  Es decir, no podemos evitar las emociones “aversivas” como la ira,  el miedo, o la tristeza; y querer las que son “deseables.”

La experiencia de la vida es una caja que tiene un switch completo.  No puedes apagar el switch de la ira  y prender el de la alegría.  Si te resistes a vivir tu tristeza y entrar en ella; tampoco podrás experimentar enteramente la alegría de un encuentro.

Dejemos de huir de nosotros reprimiendo lo que sentimos. Reeduquémonos emocionalmente, démosle cabida a la educación del corazón, como un medio para mejorar nuestra calidad de vida, la de los nuestros.. y porque no .. la de toda nuestra sociedad.  ¡Hasta pronto!

Con cariño: Gina

My Project 4-008

 

La vida espiritual

Por ahí dicen que todos los seres humanos estamos divididos, que cuando nacemos y a medida que vamos creciendo nos vamos escindiendo…  para mi esta separación fue muy evidente desde mi niñez.

Mis padres de casaron, y al poco tiempo decidieron vivir sus vidas por separado, y con ello, cada uno se llevó consigo sus valores, creencias y formas particulares de educación… que además, eran, opuestas.

 

Crecí divida entre dos mundos: el religioso católico de mi familia materna; donde rezar, pedir por milagros, asistir a misa, ser bueno, temerle al diablo y vivir amparada bajo el cobijo de mi ángel de la guarda era lo esperado.    Fui a misa desde que me chocaba hasta que acabó por emocionarme hasta las lágrimas el acto de la comunión.

Podía conectarme con Dios a través de los coros de niños del colegio al que asistí.  Las misas de mi época de la Preparatoria y los cantos para Jesús son recuerdos que aún viven en mi.  Una parte de mi corazón, tiene el nombre de Jesús.

La otra escuela era secreta, me empeñé en ocultarla por vergüenza; y de haber sospechado el impacto que tendría en mi vida; me habría ahorrado años de esfuerzo inútil por negar esa parte de mi.   Tuve un abuelo que ni en sueños me lo hubiera imaginado.  Era un loco, si, un honorable loco hombre que a su paso y como el más profundo acto de amor; dejó para siempre sembrado en mi la semilla del despertar espiritual…

Los recuerdos de la infancia son huellas que se graban en la piel, en el cuerpo, en los recuerdos y en el alma.  Le vi bañarse con agua fría cada mañana, pararse de cabeza, no comer carne de cerdo, escribir horas enteras en una máquina de escribir, ser paciente hasta la médula ante todas las ocurrencias de su corte de mujeres conformada por su mujer, sus 4 hijas y sus 3 nietas más cercanas.  Le vi cantar a Dios, hacer latihan; ayunar cada tres meses desde que salía el sol hasta que se ocultaba; y mantener una serenidad fuera de serie en los no poco momentos tristes de la vida familiar; apacible ante casi todas las tormentas. Le miré marcharse en la mayor de las calmas después de muchos años de deterioro físico; en el que todos, excepto él solíamos quejarnos amargamente.   Le vi fundar escuelas para indígenas, hacer proyectos tales como preserva la vida de algunas especies animales  mexicanas en peligro de extinción, ayudar a sus hermanos Subud dándoles techo, trabajo, y sobretodo un lugar en su corazón. Le vi bailar chilenas, amar a su tierra, y escribir apasionadamente libros y libros sobre historia, y  espiritualidad.

 

Como me atormentaba, cada vez que recurría a él para pedirle un consejo, diciéndome por todo lo alto, que las puertas de la alegría estaban en el sendero del amor a Dios!  Me enojaba muchísimo y solía refunfuñar para mis adentros que si no se sabía otra respuesta. Y cuánto me esforcé en hacer caso omiso de sus insistentes comentarios.   Hoy que escribo esto, se me salen algunas lágrimas de gratitud por esa presencia en mi vida; la de mi gran abuelo Andrés.

 

En la crisis más severa de mi vida, me topo con el mundo espiritual budista, con las tradiciones chamánicas ancestrales, con la filosofía psico espiritual de mi gran maestro de vida Claudio Naranjo; y con la coincidencia de quien he aprendido a corroborar en carne propia el mundo del reino de los cielos: Ramón; mi compañero, mi maestro y mi fiel testigo de vida.

 

He descubierto algo que quizá no sea la panacéa;  pero ha sido fundamental en mi camino.  Dios, la energía o la Gran Voluntad como me gusta llamarla, está en todas partes.  La vi en los monjes que le cantan a Krishna diariamente a las cuatro de la mañana con la devoción más solemne que mis ojos han mirado; la encuentro  en Jesús y en el coro de los niños que al unísono entonan una melodía que evoca el verbo divino;  lo veo en las carcajadas de alegría genuina que reflejan los monjes budistas cuando intentan responder como es que le hacen para ser tan felices. Lo encontré en la cara de mi amiga Refka, cuando me explica con devoción lo que es Dios para ella y los musulmanes. También en el rostro compasivo del abuelo Sid, jefe Yakima de una reserva territorial Indio-Americana cuando entona el poderoso Yana Yana Ey Owa, honrando a sus ancestros.  Lo veo en el poder curativo de los programas de 12 pasos donde hombres rendidos a la gran Voluntad aceptan que existe un poder Superior.   En el estudio de la Kabbalah, en los hermosos mantras hindúes llenos de amor al cosmos; en las ceremonias anahuacas honrando a los 4 elementos; en las danzas sufistas circulares; en el yoga. Solo así puedo explicarme como es que Joaquín Cortés puede bailar como lo hace, o como es que Bach pudo haber compuesto una música de ese calibre que nos hace llorar a varios.  Di muchas vueltas hasta regresar a casa, aquí conmigo, en mi corazón, y me imaginé a mi abuelo muerto de risa por las vueltas que di… y aquí estoy.

 

Ignoro si tu creas o no en una Inteligencia superior, en una Voluntad mucho mayor que tu, pero de todos modos, mostrarte este camino, mi camino, es uno de los objetivos de este blog;  puesto que firmemente estoy convencida de que atender nuestra parte espiritual nos abre a la posibilidad de la paz interior.   Independientemente de que creas o no, te pido que abras tu corazón y que tomes lo que te sirva para crecer…

 

Gracias por seguir aquí.

 

Con cariño: Gina

 

 

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