La vida espiritual

Por ahí dicen que todos los seres humanos estamos divididos, que cuando nacemos y a medida que vamos creciendo nos vamos escindiendo…  para mi esta separación fue muy evidente desde mi niñez.

Mis padres de casaron, y al poco tiempo decidieron vivir sus vidas por separado, y con ello, cada uno se llevó consigo sus valores, creencias y formas particulares de educación… que además, eran, opuestas.

 

Crecí divida entre dos mundos: el religioso católico de mi familia materna; donde rezar, pedir por milagros, asistir a misa, ser bueno, temerle al diablo y vivir amparada bajo el cobijo de mi ángel de la guarda era lo esperado.    Fui a misa desde que me chocaba hasta que acabó por emocionarme hasta las lágrimas el acto de la comunión.

Podía conectarme con Dios a través de los coros de niños del colegio al que asistí.  Las misas de mi época de la Preparatoria y los cantos para Jesús son recuerdos que aún viven en mi.  Una parte de mi corazón, tiene el nombre de Jesús.

La otra escuela era secreta, me empeñé en ocultarla por vergüenza; y de haber sospechado el impacto que tendría en mi vida; me habría ahorrado años de esfuerzo inútil por negar esa parte de mi.   Tuve un abuelo que ni en sueños me lo hubiera imaginado.  Era un loco, si, un honorable loco hombre que a su paso y como el más profundo acto de amor; dejó para siempre sembrado en mi la semilla del despertar espiritual…

Los recuerdos de la infancia son huellas que se graban en la piel, en el cuerpo, en los recuerdos y en el alma.  Le vi bañarse con agua fría cada mañana, pararse de cabeza, no comer carne de cerdo, escribir horas enteras en una máquina de escribir, ser paciente hasta la médula ante todas las ocurrencias de su corte de mujeres conformada por su mujer, sus 4 hijas y sus 3 nietas más cercanas.  Le vi cantar a Dios, hacer latihan; ayunar cada tres meses desde que salía el sol hasta que se ocultaba; y mantener una serenidad fuera de serie en los no poco momentos tristes de la vida familiar; apacible ante casi todas las tormentas. Le miré marcharse en la mayor de las calmas después de muchos años de deterioro físico; en el que todos, excepto él solíamos quejarnos amargamente.   Le vi fundar escuelas para indígenas, hacer proyectos tales como preserva la vida de algunas especies animales  mexicanas en peligro de extinción, ayudar a sus hermanos Subud dándoles techo, trabajo, y sobretodo un lugar en su corazón. Le vi bailar chilenas, amar a su tierra, y escribir apasionadamente libros y libros sobre historia, y  espiritualidad.

 

Como me atormentaba, cada vez que recurría a él para pedirle un consejo, diciéndome por todo lo alto, que las puertas de la alegría estaban en el sendero del amor a Dios!  Me enojaba muchísimo y solía refunfuñar para mis adentros que si no se sabía otra respuesta. Y cuánto me esforcé en hacer caso omiso de sus insistentes comentarios.   Hoy que escribo esto, se me salen algunas lágrimas de gratitud por esa presencia en mi vida; la de mi gran abuelo Andrés.

 

En la crisis más severa de mi vida, me topo con el mundo espiritual budista, con las tradiciones chamánicas ancestrales, con la filosofía psico espiritual de mi gran maestro de vida Claudio Naranjo; y con la coincidencia de quien he aprendido a corroborar en carne propia el mundo del reino de los cielos: Ramón; mi compañero, mi maestro y mi fiel testigo de vida.

 

He descubierto algo que quizá no sea la panacéa;  pero ha sido fundamental en mi camino.  Dios, la energía o la Gran Voluntad como me gusta llamarla, está en todas partes.  La vi en los monjes que le cantan a Krishna diariamente a las cuatro de la mañana con la devoción más solemne que mis ojos han mirado; la encuentro  en Jesús y en el coro de los niños que al unísono entonan una melodía que evoca el verbo divino;  lo veo en las carcajadas de alegría genuina que reflejan los monjes budistas cuando intentan responder como es que le hacen para ser tan felices. Lo encontré en la cara de mi amiga Refka, cuando me explica con devoción lo que es Dios para ella y los musulmanes. También en el rostro compasivo del abuelo Sid, jefe Yakima de una reserva territorial Indio-Americana cuando entona el poderoso Yana Yana Ey Owa, honrando a sus ancestros.  Lo veo en el poder curativo de los programas de 12 pasos donde hombres rendidos a la gran Voluntad aceptan que existe un poder Superior.   En el estudio de la Kabbalah, en los hermosos mantras hindúes llenos de amor al cosmos; en las ceremonias anahuacas honrando a los 4 elementos; en las danzas sufistas circulares; en el yoga. Solo así puedo explicarme como es que Joaquín Cortés puede bailar como lo hace, o como es que Bach pudo haber compuesto una música de ese calibre que nos hace llorar a varios.  Di muchas vueltas hasta regresar a casa, aquí conmigo, en mi corazón, y me imaginé a mi abuelo muerto de risa por las vueltas que di… y aquí estoy.

 

Ignoro si tu creas o no en una Inteligencia superior, en una Voluntad mucho mayor que tu, pero de todos modos, mostrarte este camino, mi camino, es uno de los objetivos de este blog;  puesto que firmemente estoy convencida de que atender nuestra parte espiritual nos abre a la posibilidad de la paz interior.   Independientemente de que creas o no, te pido que abras tu corazón y que tomes lo que te sirva para crecer…

 

Gracias por seguir aquí.

 

Con cariño: Gina

 

 

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