Mi herida detrás de la búsqueda de reconocimiento.

No es fácil para mi abordar este tema. Es como si al decidirme a escribir sobre esto, cayera en la cuenta de que hoy vengo vestida con unas ropas mucho más transparentes; donde se puede ver un poco más de lo que hay dentro.  Me siento en una posición de vulnerabilidad que francamente; me incomoda un poco.

El acto de escribir sobre las cosas que siento, y que pienso, se ha ido convirtiendo, casi sin darme cuenta, en un profundo compromiso de ida y vuelta.  De ida está el ejercicio continuo de auto observación, y de vuelta la confesión como resultado del proceso sobre mi, y en general, sobre como veo la vida dese ahí.  Escribir se ha vuelto una manera de reconocerme abriéndome a la posibilidad de expresarme lo más genuinamente posible. Algo así como crear una narrativa de mi verdad.

Y es en este punto,  donde el tema del reconocimiento toca profundamente mi alma; y de ahí mi necesidad de escribir sobre ello.

El reconocimiento, se refiere, entre otras cosas, a la acción de distinguir a un sujeto o a una cosa entre las demás; es decir, se trata de un acto de distinción respecto a los otros por alguna característica particular.

Hay más:  el verbo reconocerse se refiere a “registrar algo para conocer su contenido, a confesar alguna situación o aceptar un nuevo estado de las cosas.”

Cuanta información encuentro al tiempo que escribo esta definición y no puedo evitar admirarme de verme tan reflejada en ella.  Yo creo, y lo digo para no sentirme tan sola, que todos en mayor o menor medida necesitamos ser reconocidos por los otros.   En lo que a mi concierne, siempre he querido destacar, ser reconocida como alguien especial, distinta de los demás. A lo largo de toda mi vida, ello ha sido una, necesidad – fijación – constante  mucho más de lo que me gustaría admitir.

Sé que  se originó en mi infancia, muy seguramente fomentado sin querer por mis padres, mis abuelos, mis tías y cada una de las expectativas puestas en mí al ser la hija mayor; la primera nieta, y  la única sobrina de parte de mi familia paterna.  Fui una niña mimada, halagada en exceso diría yo, por mis abuelos y mis tías, siempre orgullosos de mi por no sé que razón.

Mis padres también, a su modo, volcaron en mi sus propias esperanzas; y me asignaron el papel de niña  alegre e inquieta.  Mi madre suele contar entre orgullosa y asombrada  la historia de que yo entraba y salia corriendo como un torbellino miles y miles de veces de la casa; que desde chica  era lista  y   que daba una lata bárbara; y que casi siempre prefería estar fuera de mi hogar.  Hoy sé que una inagotable energía me ha acompañado desde pequeña, y que ha tenido  consecuencias.

Sin querer y sin darme cuenta, siempre he buscado cumplir y calzar con todas y cada una de las expectativas de aquellos a quienes amo. Especialmente, las de mi madre. Era como si no existiera diferencia entre sus sueños y los mios.   Me di cuenta por primera vez cuando el día de mi boda, el sacerdote nos pidió a Alejandro y a mi que voltéaramos para mirar a toda la gente que estaba ahí.  No pude evitar llorar, de orgullo, -pese a que todo mundo creía que era de amor- de ver en esa ceremonia la culminación de los sueños de los míos.  Esa era, mi forma de amarlos, cumpliendo al pie de la letra todo lo que habían soñado para mi. Y lo más trágico  es que en ese momento jamás hubiera dudado de que aquellos sueños eran diferentes a los mios. Ni siquiera podía distinguir mi experiencia de la satisfacción que según yo, causaba a los otros.  Lo que si puedo recordar es  que mi atención estaba centrada en la cara de satisfacción de mis padres, la de mi hermano, la de mis abuelos.  Hasta podía sentir que incluso Dios estaba ahora satisfecho conmigo. Así de soberbia me vivía.

Debo confesar que me brotan lágrimas de la cara al tiempo que tecleo.   Me convertí en la hija de una madre orgullosa, en la nieta presumible, en la prima que las más pequeñas admiraban, en la amiga más envidiable -según yo-, y en mi mejor versión de una adolescente jugando a ser mujer  dispuesta a todo con tal de formar una familia.

Lo que había en el fondo era muy distinto.  Con los años, y conforme fue pasando el tiempo, sostener ese reconocimiento se volvió insportable.  Aún con eso, traté una vez más de ajustarme a lo esperado volcándome por completo en mi ser madre.  Me tomé con exagerada seriedad la tarea de convertirme ahora, en la mejor madre del mundo. Vivía pendiente de mis hijos a un grado extremo, y me obsesionaba la idea de hacer todo cuanto fuera posible para evitar que se sintieran abandonados.  De esa manera, evitaba hacerme cargo de mi propio abandono y además, retaba en secreto a mi madre, pensando para mis adentros “Yo soy mejor que tú, te demostraré como se puede mantener una familia unida.”

Y la verdad es que llegó un momento en el que sostener mi promesa y el peso de todo el reconocimiento sobre mis hombros me cayó encima. Cumplir con esa vida, me estaba matando; pero tuve que caer hasta el fondo para darme cuenta.

Cuando me divorcié lo que más me dolió fue dejar de ser para muchos, la mujer con una vida ideal.  Escuché de varias personas muy cercanas, que la decisión que había tomado respecto a mi vida,  había hecho mella en la admiración que sentian por mi.  Hubo quienes se atrevieron a expresarme su decepción.  Me caló hasta los huesos,  me daba vergüenza admitir el sufirmiento que me causaba decepcionar a algunos.  Pero mi orgullo me permitió esconder todo ello.

Me impacta lo frágil que es nuestra vida y todo lo que creemos que tenemos incluyendo nuestros “logros” y  nuestras “relaciones”.  Nada es eterno, ni siquiera lo que sentimos.

En el camino de la consciencia   he tenido que ir desprendiendome de varias capas,  desde la más superficial, que consistía en creerme omnipotente, todopoderosa y verdaderamente especial y única por que si y por todos mis éxitos acumulados. Cuando caí en la cuenta de que todos los méritos que sin darme cuenta acumulaba; no habían vastado para reconocerme; no me quedó de otra más que mirar que debajo de ello había   una capa más profunda  y dolorosa,  que fue  mirarme en una versión infantil anhelando ser reconocida más allá de mis logros. Ser  vista y aceptada por ser quien soy.

Bajarme del falso pedestal en que me coloqué, reconocerme, y aprender a mirarme a la misma altura que los otros fue un doloroso y extraño regalo  que no esperaba.  Encontré una libertad inusitada cuando pude renunciar a la responsabilidad y el esfuerzo que conlleva ser especial, elegida.

Creí hasta ese entonces que con mirar esta parte de la historia, reconocer mis intenciones y mirar mi pasado, habia sido suficiente para dejar atrás  los efectos de esa necesidad de reconocimiento en mi vida. Pero no, este camino, es largo, azaroso y supongo que dura hasta que duramos…

Mi ego es resistente y no se da por vencido tan fácilmente; pero procuro no tomarmelo tan en serio.  Se bien que ese anhelo me acompañará hasta mi último aliento, y me concentro en mantenerlo a raya un día a la vez.  También puedo mirarme con compasión cada vez que me veo encuentro buscando de nuevo ese reconocimiento.

Lo más que he logrado es  renunciar a él conscientemente algunas veces, y otras, amarme así, sabiendo que en el fondo  aún existe una parte de mi que sigue  anhelando ser reconocida.  Lo que pasa es que las personas y las cosas  “dueñas” de este deseo van cambiando con el tiempo.

 

Me doy cuenta de como en cada encuentro, en cada relación, vuelve una y otra vez mi anhelo infantil de reconocimiento.  Aveces me observo soñando que mis hijos me reconocerán lo buena madre que he sido cuando sean adultos, que Ramón se dará cuenta un buen día de lo verdaderamente magnífica que soy.  Que mi exmarido un día reconocerá que lo amé a pesar de mi decisión de separarme de él. Que mi familia política y  las personas que no me quieren , se darán cuenta finalmente de cuan valiosa soy.  Que tendré tantos  lectores que reconozcan mi talento para escribir; que Claudio, mi amado maestro posará sus ojos en mi y me reconocerá como su mejor estudiante….  Y así… en una infinita susesión de reconocimiento tras reconocimiento.

Lo escribo y se que suena casi patético;  pero la verdad es que  detrás de ello hay sufrimiento.  Que la escritura me lleve a exorcizar un poquito más este demonio; a liberarme un poco de la cárcel que conlleva depender del reconocimiento.

La tarea que me queda por delante,  es recordar que lo más importante, quizá lo único… es reconocerme, validarme, y ello es un ejercicio de cada día.

El trabajo de auto exploración y la profundización que he hecho al respecto, también me ha ayudado a darme cuenta , que esta necesidad neurótica es tan bien un asunto existencial.  No me cabe la menor duda de que el  otro -osea todas las personas que me rodean-  existen para  traer noticias nuevas de mi…   y  con  ello  mi RE conocimiento.

Te invito a explorarte, a descubrirte y a reconocerte… te aseguro con toda honestidad que hay un hermoso regalo ahí.

 

Gina Fernández.

 

reconocimiento

2 comentarios sobre “Mi herida detrás de la búsqueda de reconocimiento.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s