Que nunca nadie se entere de lo que estoy sintiendo…

Yo siempre me había jactado de vivir con el corazón abierto,  así que fue necesario ir abriendo paso entre las distintas capas que encubrían, al menos en mi caso, esta idea narcisista de ser una persona con tendencia natural en el arte de amar.

Lo primero fue mirar la seducción. Esa sutil forma de convencer al otro. Seducir para atraer, seducir como una encantadora a su serpiente,    tocando una melodía suave con una  promesa de por medio.  Seducir siendo una encantadora niña indefensa,  como un dulce que puedes ir comiendo lenta y pausadamente.  Seducir siendo servicial, ofreciendo bondad a cambio de un poco de cariño.  Seducir con deseo carnal con la expectativa  de una experiencia irrepetible.  Seducir con argumentos intelectuales.  Seducir para obtener aquello que se tiene en la mira.  Seducir para ganarlo todo.  Seducción, fue siempre mi aliada y la manera inconsciente de ir abriéndome paso entre la vida.  Ni en sueños me hubiera imaginado lo que hay detrás de esta fijación.

 

El orgullo es el jinete que lleva la rienda de los caballos de la seducción.  Es el gran director de la obra, disfrazado de bondad; siempre dispuesto a ocultarse tras la exhuberante abundancia que se ofrece al mejor postor en billetes cargados de seducción.

Que nunca nadie se entere de lo que realmente estoy sintiendo. Que jamás se note que daria hasta mi vida entera por un poco de atención.  Que los dolores de mi alma permanezcan agazapados al tiempo que altivamente sonrío a todo aquel que ose acercarse a mí.

El orgullo tiene la misión de ocultar  la falsa abundancia detrás de la gran oferta seductora. Reconocerme vacía, carente de afecto, sin casi nada que dar.   Es  la decepción que genera  una envoltura extravagante y un regalo minúsculo de poca valía dentro.  Fue aterrador descubir la farsa detrás de la seducción.  El hambre de amor,  la necesidad imperiosa de atención.  El vacío, el dolor de la soledad.  El aislamiento detrás de la arrogancia; de la loca idea de no necesitar de nadie.    Lo poco que me sentía ante el espejo.

Mirarme con el corazón roto, como atravesado por un puñal. Sentirme resquebrajada, rota. Verme en ruinas, de color gris. Todavía recuerdo muy bien esa sensación y aún me produce escalofríos.  Reconocerme como una mendiga de amor.  Derrumbarme por completo, admitir mi impotencia ante la arrogancia, experimentar como me quita el aliento…

Recuerdo varias escenas de ángeles vestidos de humanos mirándome con un amor que no había conocido.  Alguien cantandome una canción de cuna, a mí,  un abrazo paternal incondicional; unos ojos llenos de lágrimas de compasión, sonrisas discretas de aprobación.  Encuentros profundos, besos dulces  reparadores, roces de piel a piel llenos de ternura.

Lentamente, con la calma que se asoma después de una tormenta arrasadora, pude darme paso entre una muerte en vida. Empecé a sentirme con los pies en la tierra, como si antes hubiera andado flotando.

Notar que hay para mí, que necesitar me vuelve real, que pedir humildemente me acerca a los demás.  Sentir que lo  doloroso  que pueda ser recibir;  no se compara con  el dolor de negarme lo que necesito.

Empezar a llenarme, poco a poco,  nutrirme, de mis ancestros, de mi gente, de los hilos de la  historia de mi vida,  de los pedazos sueltos de la existencia.

Este viaje fue como  quitarme primero todos los accesorios deslumbrantes, y notarme más pequeña, sin tanto brillo, más del mundo, mucho más real, humana, como todos, del montón.

De eso ha ido mi experiencia sobre el descubrimiento del amor.  Ha sido una demolición de un viejo paradigma, y una reparadora y constante construcción de un amor propio basado en lo real, en los límites de lo posible, en la sabiduría de la humildad, y bajo el amparo de una Voluntad mayor.

Amarme a mí misma, hacerme real…. Darme…

Recibir … porque amar también implica ceder al otro la oportunidad  de darse…

Abre tu corazón a lo real..

 

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